Las mañanas que he tenido a través de mi vida, son de esas cosas cuya sensación no olvido.
Cuando era pequeña recuerdo que era un martirio despertarme para ir a la escuela, meterme a bañar, arreglarme, desayunar y escuchar al fastidioso de Sampayo con sus "niiiiñoooos, ya es hora", por la radio (para después pasar a Maria Julia la Fuente). Después llegar a la escuela (bastante a tiempo, ya que mis papás nos llevaban), sentarme en mi pupitre y esperar que todo el martirio escolar comenzara.
La verdad en aquél entonces no percataba muy bien el sabor que puede ofrecer una mañana.
Cuando nos mudamos a esta casa y entré a preparatoria mis mañanas tomaron otro giro. Ahora era yo la que se despertaba sola desde muy temprano, me arreglaba y me iba para tomar el camión ruta 23 que me llevaba a la escuela. Lo peculiar eran los detalles como, el despertar y que aún estuviera oscuro, las personas que se subían al camión y adivinar quienes se bajarían en la misma parada que yo (en su mayoría estudiantes), el llegar a buscar a mis amigos a ver quien había llegado, el alargar lo más posible esos 10-20 minutos que tuvieramos antes de comenzar clases...
Había otras mañanas en que el sol amanecía para saludarme en vez de lo contrario.
En la Universidad mis mañanas variaron un poco, seguía casi el mismo procedimiento del de preparatoria (aunque en este caso dependía mucho el horario del tetramestre que tuviera); sin embargo ya no tomaba ningún camión ya que me quedaba a 2 cuadras por lo que caminaba (y ni aún así podía llegar a tiempo ¡Ja!). Cuando lo hacía me percataba de este aroma en particular que tienen algunas mañanas, de hecho, comencé a identificar el aroma de la mañana de las diferentes estaciones. Los que me hacían ir más contenta a cualquier tormentosa clase eran las de otoño y las de invierno.
Cuando trabajé en el Bolerama volví a mi rutina de camión, era particularmente agradable cuando me despertaba un poco más temprano, no para llegar a tiempo al trabajo, sino para alcanzar la sombra del último estirón de la madrugada y ver las luces de las fábricas; como una amiga lo mencionó una vez: "parece una pequeña ciudad". Además que llegar a la oficina a comer yogurt con cereal y escuhar el programa infantil de radio "Caminito de la escuela" conducido por el payaso Tolocho, era divertido. Vale, me agradaba escuchar las canciones raras que los niños pedían, además cuando hablaban por teléfono, al final siempre tenían que dar un grito.
Luego, cuando conseguí el PEOR TRABAJO DE MI VIDA, YET; mis mañanas se tornaron sin remedio. Me acostaba estresada y deprimida y me levantada estresada y deprimida sin ganas de ver a las indeseables personas con las que trabajaba: Don Sapo tranzas, su hijo la rata fresa y el gordo pervertido adultero de Rogelio. Tenía que durar ahí hasta las 7:00 p.m. (cerraban a las 8:00, pero yo y mi lengua mágica convencemos), entraba a las 9:00 a.m. y ni quería que llegara la mañana. Ahora ya no tomaba ningún camión, dado que ya tenía carro, mi rutina cambió a tomar las llaves y poner un buen CD con mis mp3 para ir escuchando, que realmente era lo úuuunico que me animaba. Llegaba sin desayuno, de vez en cuando un yogurt, pero sí con algún sandwich que mi mamá me preparaba para la hora de la comida. Deseándole a todos los Santos que recordara porque el viejo asqueroso Sapo no llegara, ni el pendejo de su hijo... diría que Rogelio tampoco, pero de los 3 era el que me ayudaba, aunque cualquier plática se tornara a una petición, por su parte, de ir a "relajarme" con él... uuuuuuuuuugh. Lo único bueno era llegar, que no estuviera el hijo del mono para poder agandallar el cable de internet y navegar un rato y saludar a mis lucesillas de esperanza a en msn... luego ya comenzaba la hora de las tranzas.
Mis actuales mañanas son muchísimo más agradables que las anteriores. Cuando me despierto hay un poco de luz, me arreglo, tomo algo para comer en el camino y manejo hasta el kinder. Cuando manejo me preparo para dos cosas: 1) Cruzar el paso de la muerte en Gomez Morín, 2) buscar lugar para estacionarme en una calle de casas de ricos.
De ahí gozo como unos 2 minutos de caminito hasta la entrada, un muuuuy diminuto tiempo que me da la oportunidad de olfatear el aroma de la mañana. Porque después de cruzar esa puerta, es puuuuuuuuura actividad corrida hasta la 1:15 p.m.
Y así he vivivo mis mañanas.
Cuando me duermo, me pregunto ¿a qué olerá la mañana siguiente?
Cuando era pequeña recuerdo que era un martirio despertarme para ir a la escuela, meterme a bañar, arreglarme, desayunar y escuchar al fastidioso de Sampayo con sus "niiiiñoooos, ya es hora", por la radio (para después pasar a Maria Julia la Fuente). Después llegar a la escuela (bastante a tiempo, ya que mis papás nos llevaban), sentarme en mi pupitre y esperar que todo el martirio escolar comenzara.
La verdad en aquél entonces no percataba muy bien el sabor que puede ofrecer una mañana.
Cuando nos mudamos a esta casa y entré a preparatoria mis mañanas tomaron otro giro. Ahora era yo la que se despertaba sola desde muy temprano, me arreglaba y me iba para tomar el camión ruta 23 que me llevaba a la escuela. Lo peculiar eran los detalles como, el despertar y que aún estuviera oscuro, las personas que se subían al camión y adivinar quienes se bajarían en la misma parada que yo (en su mayoría estudiantes), el llegar a buscar a mis amigos a ver quien había llegado, el alargar lo más posible esos 10-20 minutos que tuvieramos antes de comenzar clases...
Había otras mañanas en que el sol amanecía para saludarme en vez de lo contrario.
En la Universidad mis mañanas variaron un poco, seguía casi el mismo procedimiento del de preparatoria (aunque en este caso dependía mucho el horario del tetramestre que tuviera); sin embargo ya no tomaba ningún camión ya que me quedaba a 2 cuadras por lo que caminaba (y ni aún así podía llegar a tiempo ¡Ja!). Cuando lo hacía me percataba de este aroma en particular que tienen algunas mañanas, de hecho, comencé a identificar el aroma de la mañana de las diferentes estaciones. Los que me hacían ir más contenta a cualquier tormentosa clase eran las de otoño y las de invierno.
Cuando trabajé en el Bolerama volví a mi rutina de camión, era particularmente agradable cuando me despertaba un poco más temprano, no para llegar a tiempo al trabajo, sino para alcanzar la sombra del último estirón de la madrugada y ver las luces de las fábricas; como una amiga lo mencionó una vez: "parece una pequeña ciudad". Además que llegar a la oficina a comer yogurt con cereal y escuhar el programa infantil de radio "Caminito de la escuela" conducido por el payaso Tolocho, era divertido. Vale, me agradaba escuchar las canciones raras que los niños pedían, además cuando hablaban por teléfono, al final siempre tenían que dar un grito.
Luego, cuando conseguí el PEOR TRABAJO DE MI VIDA, YET; mis mañanas se tornaron sin remedio. Me acostaba estresada y deprimida y me levantada estresada y deprimida sin ganas de ver a las indeseables personas con las que trabajaba: Don Sapo tranzas, su hijo la rata fresa y el gordo pervertido adultero de Rogelio. Tenía que durar ahí hasta las 7:00 p.m. (cerraban a las 8:00, pero yo y mi lengua mágica convencemos), entraba a las 9:00 a.m. y ni quería que llegara la mañana. Ahora ya no tomaba ningún camión, dado que ya tenía carro, mi rutina cambió a tomar las llaves y poner un buen CD con mis mp3 para ir escuchando, que realmente era lo úuuunico que me animaba. Llegaba sin desayuno, de vez en cuando un yogurt, pero sí con algún sandwich que mi mamá me preparaba para la hora de la comida. Deseándole a todos los Santos que recordara porque el viejo asqueroso Sapo no llegara, ni el pendejo de su hijo... diría que Rogelio tampoco, pero de los 3 era el que me ayudaba, aunque cualquier plática se tornara a una petición, por su parte, de ir a "relajarme" con él... uuuuuuuuuugh. Lo único bueno era llegar, que no estuviera el hijo del mono para poder agandallar el cable de internet y navegar un rato y saludar a mis lucesillas de esperanza a en msn... luego ya comenzaba la hora de las tranzas.
Mis actuales mañanas son muchísimo más agradables que las anteriores. Cuando me despierto hay un poco de luz, me arreglo, tomo algo para comer en el camino y manejo hasta el kinder. Cuando manejo me preparo para dos cosas: 1) Cruzar el paso de la muerte en Gomez Morín, 2) buscar lugar para estacionarme en una calle de casas de ricos.
De ahí gozo como unos 2 minutos de caminito hasta la entrada, un muuuuy diminuto tiempo que me da la oportunidad de olfatear el aroma de la mañana. Porque después de cruzar esa puerta, es puuuuuuuuura actividad corrida hasta la 1:15 p.m.
Y así he vivivo mis mañanas.
Cuando me duermo, me pregunto ¿a qué olerá la mañana siguiente?
This is where I am: bajo la sombra de la noche
This is me:
hopeful
hopefulThis is the sound: Navigatoria - Akiko Shikata
1 Terroncito | ¿Terroncito?
thoughtful
grateful
bored
good
listless
cold
contemplative
discontent
awake